«¡No, tú no! ¡Quiero que venga mamá!». Si alguna vez has escuchado esta frase en casa, probablemente conozcas bien la situación: papá intenta vestir al niño, pero este protesta; llega la hora de dormir y solo quiere que mamá lo acompañe; se hace daño jugando y rechaza los brazos del otro progenitor. A veces parece que cualquier cosa que no haga su persona favorita se convierte en un problema.
Esta situación, conocida popularmente como mamitis o papitis, puede generar sentimientos contradictorios en las familias. El progenitor preferido puede terminar agotado de tener que encargarse de todo, mientras que el otro puede sentirse desplazado o pensar que está haciendo algo mal.
Pero ¿por qué los niños muestran estas preferencias? ¿Significa que quieren más a uno de sus padres? ¿Cómo podemos conseguir que acepten los cuidados y el cariño de ambos sin convertir cada momento cotidiano en una discusión?
¿Por qué mi hijo solo quiere a mamá o a papá?
Durante la infancia, los niños construyen vínculos afectivos con las personas que les cuidan. A través de las experiencias cotidianas, aprenden quién les consuela cuando lloran, quién les ayuda cuando tienen miedo y con quién comparten sus juegos y descubrimientos.
En determinados momentos del desarrollo, pueden mostrar una preferencia muy marcada por uno de sus progenitores. No necesariamente significa que exista un problema en la relación con el otro, sino que están expresando una necesidad, una costumbre o una preferencia que todavía no saben gestionar de otra manera.
Estas son algunas de las razones que pueden explicar por qué un niño quiere estar siempre con mamá o papá:
1. Busca a la persona con la que está más familiarizado en determinadas situaciones.
Si habitualmente es mamá quien le da de comer, le baña o le acompaña a dormir, puede esperar que esas actividades sigan haciéndose de la misma manera. Cuando otra persona intenta hacerse cargo, el cambio puede generar resistencia, especialmente si está cansado o necesita tranquilidad.
2. Está aprendiendo a expresar sus preferencias.
A medida que crecen, los niños empiezan a manifestar con más claridad lo que quieren y lo que no. Elegir quién les lee un cuento, quién les acompaña al parque o quién les ayuda a vestirse también es una forma de expresar su autonomía.
3. Asocia a cada progenitor con experiencias diferentes.
Puede que uno sea quien suele jugar a perseguirle por el pasillo y el otro quien le acompaña a dormir. Estas asociaciones se construyen con las experiencias repetidas y pueden influir en a quién reclama el niño en cada momento.
4. Busca seguridad cuando está cansado o tiene emociones intensas.
Cuando tiene sueño, está enfermo, se encuentra en un entorno desconocido o ha tenido un día complicado, puede necesitar recurrir a la persona con la que está acostumbrado a encontrar consuelo. En esos momentos, sus preferencias pueden hacerse mucho más evidentes.
¿A qué edad aparece la mamitis o la papitis?
No existe una edad exacta en la que todos los niños comiencen a mostrar preferencias por uno de sus progenitores. Pueden aparecer durante los primeros años, hacerse especialmente visibles en determinadas etapas y cambiar conforme evolucionan sus relaciones y necesidades.
Entre los 18 meses y los primeros años de educación infantil, por ejemplo, muchos niños empiezan a expresar con mayor intensidad sus preferencias. Quieren decidir quién les acompaña, qué ropa ponerse o quién participa en sus actividades.
También pueden aparecer cambios inesperados: un niño que antes reclamaba constantemente a mamá empieza a buscar a papá para jugar, mientras que otro que siempre quería dormir con papá vuelve a pedir que sea mamá quien le acompañe.
Estas preferencias no siguen un calendario ni tienen por qué mantenerse en el tiempo. Dependen de las experiencias familiares, las rutinas, el temperamento del niño y las circunstancias de cada momento.
¿Significa que mi hijo quiere más a uno de sus padres?
Esta es probablemente una de las preguntas que más preocupan a las familias. Cuando un niño rechaza repetidamente a uno de sus progenitores, es fácil interpretar sus palabras como una medida del cariño que siente por cada uno.
Sin embargo, preferir a mamá para dormir o reclamar siempre a papá para jugar no significa necesariamente que quiera más a uno que a otro.
Los niños pequeños no expresan sus relaciones afectivas con la misma lógica que los adultos. Sus preferencias suelen estar relacionadas con la familiaridad, las experiencias compartidas, las necesidades del momento y la manera en que buscan sentirse seguros.
Además, pueden mantener vínculos afectivos importantes con varias personas cuidadoras. UNICEF explica que establecer relaciones de confianza con los adultos que cuidan de los niños es fundamental para su bienestar y desarrollo.
Por eso, conviene no convertir estas preferencias en una competición por conseguir el cariño de los hijos. No se trata de descubrir quién es el favorito, sino de ayudarles a sentirse acompañados y seguros con ambos progenitores.
¿Qué hacer cuando un niño rechaza a uno de sus padres?
Aunque sepamos que estas situaciones pueden formar parte del desarrollo infantil, vivirlas a diario no siempre resulta sencillo. Si cada baño, comida o momento de acostarse termina con un «¡quiero a mamá!», es normal que la convivencia se resienta.
Estas pautas pueden ayudar a gestionar la situación:
1. No te tomes el rechazo como algo personal.
Cuando un niño dice que no quiere que papá le vista o que mamá se marche, está expresando una preferencia, no necesariamente rechazando a esa persona. Intenta no responder con enfado, reproches o frases que puedan hacerle sentir culpable.
2. No fuerces el cariño ni conviertas la situación en una batalla.
Obligarle a dar un beso, abrazar a un progenitor o aceptar inmediatamente que sea otra persona quien le atienda puede aumentar su resistencia. Es mejor acompañar el momento con tranquilidad y ofrecer alternativas cuando sea posible.
3. Repartid las tareas cotidianas.
Si siempre es la misma persona quien baña, viste, alimenta y acuesta al niño, es posible que termine asociando esas actividades exclusivamente con ella. Compartir progresivamente las responsabilidades permite que ambos progenitores participen en diferentes momentos de su día.
4. Cread momentos propios con cada progenitor.
No hace falta organizar grandes planes. Preparar juntos la merienda, leer un cuento, construir una torre de bloques o salir a dar un paseo son oportunidades para compartir experiencias y fortalecer la relación.
5. Evitad competir por su atención.
Intentar ganarse al niño mediante regalos, premios o permitiéndole hacer siempre lo que quiere no ayuda a construir una relación equilibrada. Ambos progenitores deben poder compartir juegos, cuidados, normas y responsabilidades.
6. Respetad sus emociones, pero mantened las rutinas.
Puedes reconocer que quiere que mamá le acompañe sin que eso signifique que siempre tenga que ser así. Por ejemplo: «Sé que hoy quieres que te vista mamá, pero ahora voy a ayudarte yo. Después podemos elegir juntos el cuento».
La clave está en transmitir seguridad, sin ridiculizar sus preferencias ni permitir que cada cambio se convierta en un conflicto.
¿Y si el niño siempre prefiere a mamá y el otro progenitor se siente desplazado?
Esta situación también afecta a los adultos. Quien recibe constantemente el rechazo puede terminar sintiéndose poco valorado, frustrado o inseguro respecto a su papel en la crianza.
En estos casos, es importante que los adultos puedan hablar de cómo se sienten sin responsabilizar al niño de sus emociones. Frases como «papá se pone triste cuando no quieres estar con él» pueden hacer que el pequeño sienta que tiene que elegir entre satisfacer sus preferencias o evitar hacer daño a alguien.
También conviene que el progenitor que suele ser reclamado tenga espacio para descansar. Si siempre tiene que estar disponible porque el niño rechaza cualquier alternativa, la situación puede terminar generando agotamiento.
El otro progenitor, por su parte, necesita oportunidades reales para participar en los cuidados, sin quedar relegado al papel de quien juega o entretiene mientras el otro se ocupa de todo lo demás.
La crianza compartida no consiste en que ambos hagan exactamente lo mismo, sino en que los dos puedan construir una relación cercana y de confianza con sus hijos.
¿Cuándo conviene prestar más atención a estas preferencias?
La preferencia por uno de los progenitores, por sí sola, no suele ser motivo de alarma. Sin embargo, es importante observar el contexto en el que aparece y cómo afecta a la vida familiar.
Conviene consultar con un profesional de pediatría o psicología infantil si el rechazo es muy intenso y persistente, aparece acompañado de miedo, angustia o cambios importantes en el comportamiento, o dificulta de forma significativa las actividades cotidianas.
También es importante prestar atención a cualquier situación en la que el niño manifieste temor hacia una persona concreta o describa experiencias que puedan indicar que no se siente seguro. No hay que atribuir automáticamente estas señales a una etapa de mamitis o papitis.
Querer estar siempre con mamá o papá también forma parte de crecer
Hay etapas en las que parece que solo uno de los progenitores sabe preparar el desayuno, elegir el pijama adecuado o contar el cuento antes de dormir. Y, aunque a veces resulte agotador, estas preferencias no tienen por qué definir las relaciones familiares.
Acompañar a los niños significa escuchar lo que necesitan, ofrecerles seguridad y permitir que construyan relaciones propias con las personas que forman parte de su vida.
Con tiempo, experiencias compartidas y una crianza en la que ambos progenitores tengan un papel activo, muchas de estas preferencias se van transformando.
Porque el objetivo no es conseguir que un niño elija por igual a mamá y a papá en cada momento, sino que pueda sentirse querido, escuchado y seguro con ambos.