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El fin de la infancia: la adolescencia

La adolescencia “es el momento más importante y más dramático de la vida; representa un momento trágico: el fin de la ingenuidad”.

El término ingenuidad denota la inocencia de quien ha nacido en un lugar del cual no se ha movido y, por lo tanto, carente de experiencia. Ingenuo es: lo primitivo, lo dado, lo heredado y no La adolescencia representa un momento trágico en el ciclo vital humano, porque en esta etapa se requiere sacrificar la ingenuidad inherente al período de la inocencia de la sexualidad infantil y el azaroso lugar ignorado del juego enigmático de las identificaciones alienantes e impuestas al niño por los otros.

La cultura urbana industrial  presenta varias características que inciden en la eclosión del síndrome adolescente. Los medios de comunicación hacen imposible evitar la inmersión en mensajes contradictorios, con lo cual el joven urbano tiene que enfrentar una crisis multideterminada, donde en un futuro caleidoscopio, tentador y poco controlable nadie le va a garantizar el resultado final de sus esfuerzos. Estos jóvenes se ven empujados a ser diferentes y mejores que sus padres, en lugar de tomarlos como modelos identificatorios. Han de adquirir costumbres y valores extraños a sus padres revirtiendo la perspectiva. El resultado  puede ser una seria desorganización de la personalidad. El elemento más estable es la inestabilidad y la actitud más confiable es la desconfianza.

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“El destino de la crisis del adolescente depende de si la familia y los grupos de pertenencia se suman a la acción desorganizante del entorno social o si son capaces de una continencia compensatoria. Lo permanente, lo que no cambia     constituye     el     fondo     invisible     sobre     lo     que     transita     la individualidad.”

Los chicos de ahora poseen más cosas que ideales, y necesitan que seamos capaces de presentarles algo por lo que luchar o contra lo que luchar.

También hay una sobrevaloración de la independencia. Al niño pequeño se le alienta a ser independiente y ello lleva a un traumatismo y a buscar apuntalarse con sustitutos concretos.

Aquí entra en acción el consumo de sustancias que creen la fantasía de poder y valor, porque adaptarse, alegre, exitoso y divertido es lo que prima. Y es la necesidad de valores estables y de definiciones concretas lo que necesita el adolescente para no disgregarse, o raíces, cómo apuntábamos anteriormente.

Y también necesita alas. Si apoyamos los   proyectos de  los jóvenes, aunque se sepan irrealizables. Los proyectos de los adolescentes, que a veces hoy sustituyen los ritos   de iniciación, ellos lo imaginan lejanos y les hacen inscribirse en un tiempo y en un espacio, en definitiva les inscribe en la temporalidad, con su correlato de finitud y de aceptación de la muerte y de la falta.

A los 13 años puede llegar la pubertad biológica, y por tanto adolescente, pero se es todavía un niño

Una prolongación de la niñez y no su acortamiento, ayudaría a ir adquiriendo poco a poco la tolerancia necesaria. Quien a los trece años llega a la pubertad biológica es todavía un niño. Tanto la familia como la escuela deberían tenerlo en cuenta y tolerar la incertidumbre de la espera.

Por ello, sostenemos que aquello que se silencia en la infancia, se manifiesta a gritos durante la adolescencia. Y como punto de partida, es el tiempo que posibilita la apertura hacia nuevas significaciones y logros a conquistar, dando origen a imprevisibles adquisiciones.

Dolto apunta a que “no hay adolescentes sin problemas, sin sufrimientos, este es quizá el período más doloroso de la vida. Pero es, simultáneamente, el período de las alegrías más intensas, pleno de fuerza, de promesas de vida, de expansión “.El adolescente posee por un lado -en esta etapa de mayor maduración emocional y cognitiva– nuevas herramientas para reflexionar sobre los enigmas e impresiones del pasado; pero por otro lado, adolece también de períodos de turbulencia, y ésta puede ser una oportunidad imperdible para la construcción e historización de aquello, que desde los tiempos remotos, permaneció oculto, misterioso y escindido.

En esta fase ruidosa del desarrollo, tanto el adolescente como también sus padres y hermanos, requieren tropezar con ineluctables y variados escándalos.

El acto de la confrontación desencadena en el adulto una actitud de oposición, porque le inflige una vejación psicológica: lo enfrenta con su propia vergüenza, culpa y cobardía al comprobar su humillante fracaso ante el incumplimiento de los ideales e ilusiones del antaño adolescente que había sido; y lo fuerza a una revisión cuestionadora del sentimiento de su propia dignidad. ”A los veinte años incendiario y a los cuarenta, bombero».

El adolescente mueve a que el adulto se confronte consigo mismo; con lo más íntimo y exiliado de su propio ser, lo cual resulta altamente resistido por el adulto, porque se vive presionado a encarar un trabajo psíquico impuesto, consistente en reflexionar acerca de la validez de sus propias creencias y certezas. Dicha situación expone al adulto a poner a prueba y a enfrentar la estabilidad de sus propios sistemas intrapsíquico e interpersonal.

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De ahí la dificultad de encontrar la buena distancia relacional del adolescente, que espera ser adivinado y comprendido sin tener que pasar por la humillación de tener que expresar una demanda, pero teme de igual manera ser desposeído de su control.

Los adolescentes se ven obligados por eso a recurrir a una distancia física considerable respecto a sus padres, cuando no consiguen establecer una distancia psíquica simbólica con unos padres que resultan demasiado excitantes. Y si la distancia no se produce, el temor a la atracción se transforma en rechazo agresivo, con reacciones de asco, denigración y desvalorización.

El duelo no es un proceso que haya de realizar solo el joven. Para que los adolescentes se desidentifiquen de sus modelos anteriores y desalojen a sus padres del lugar omnipotente que ocupaban se necesitan padres que se dejen sustituir, o matar,  (simbólicamente hablando ).

La ambivalencia frente al cambio, el deseo y no deseo provienen tanto de un lado como de otro. Para el muchacho la experiencia de todo lo que el mundo puede aportarle, el impulso hacia el crecimiento, la autonomía, la independencia está ahí. Pero también la angustia ante la novedad de la pujanza pulsional, el temor a lo desconocido, la angustia ante el desamparo.

Todos los antiguos temores nos hablan de esta etapa como una segunda oportunidad para conseguir la individualización, y también de la tentación hacia la regresión y la permanencia en el mundo incestuoso y familiar

El ritmo de vida trepidante actual, donde lo que es válido en este momento en cualquier área de la vida, es obsoleto al día siguiente . Entramos entonces en que si la consigna del adolescente es «no sé lo que quiero, pero lo  quiero  ya»,  a  eso  hay  que  añadir  que  para  los  adultos  parece  regir  el  mismo  eslogan.

Sonia Abadi define este tránsito como el riesgo de quedar preso entre dos alternativas mortales, el de la dependencia absoluta y el de la autosuficiencia narcisística, ambas anulan el temor profundo que esconde la incertidumbre ante la vida.

No pasemos por alto este periodo tan importante en la vida de nuestros hijos.

foto curriculum

Ana Chico Lozano es Terapeuta Psicoproyectiva, especializada en desarrollar  la adecuada utilización de los tres tipos de pensamientos humanos, la inteligencia racional, la emocional y la exploratoria. Forma parte del equipo profesional de Cuidado Emocional.

2 comentarios en “El fin de la infancia: la adolescencia

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