Educación emocional: también en la escuela

Educar con inteligencia emocional, cuidando nuestras emociones, no solo es una educación basada en tener un maravilloso expediente académico en teorías, sino en reconocer como nuestros alumnos se sienten en todo momento y permitirles andar por la vida cuidando de ellos mismos, desde dentro. Así adquieren la fuerza interior de quienes son, de qué valores les mueven en la vida y tienen un autoapoyo sobre sí mismos, que nada de lo que se genere en su exterior pueda maltratar a su interior, a su corazón.

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Nuestro sistema educativo nos enseña a decir lo que pensamos, pero no nos educa para expresar lo que sentimos.

Los alumnos aprenden todo tipo de conocimientos teóricos, y se les premian por los resultados en sus expedientes académicos, pasan muchos años de su vida adquiriendo información del exterior y nada referente a lo que ocurre en su interior, el lenguaje de las emociones. No se emplea demasiado tiempo o ninguno en enseñarles a manejar lo que sienten de manera asertiva.

Luego, se enfrentan al mundo laboral con todo un arsenal de conocimientos, y resulta que les toca un ambiente laboral tóxico, altamente competitivo e incluso en muchas ocasiones con un jefe autoritario y aquí de nada nos valen todos los conocimientos teóricos adquiridos, porque no nos sirven como herramientas para manejar la frustración o la impotencia de encontrase en un ambiente donde no se colabora, se compite.

Porque ¿de qué nos vale apostar por una educación basada en tener un gran expediente académico si luego un jefe con el que no se encaja o un ambiente tóxico pueden destruir tu vida profesional? Por ello, no solo nos vale con enseñar a nuestros alumnos a sacar buenas notas, tenemos que enseñar desde la escuela a que los niños sepan reconocer lo que sienten y se permitan expresarlo de forma asertiva, porque forma parte de su educación para la vida.

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Hay que permitirles sentir sus miedos, que nos hablan de donde se encuentran sus limitaciones y tener valentía, porque tener miedo no es ser cobarde,  más bien todo lo contrario: es muy heroico reconocerlos, pues así podremos seguir andando en su desarrollo, ya que estaremos trabajando sobre sus limitaciones.

Debemos darles la confianza a nuestros alumnos para que nos muestren sus enfados es reconocer su ira. Ya no sirve eso de ‘no hay que enfadarse’, pues permitirles sentir ese enfado y esa ira es enseñarles el respeto hacia sí mismos de lo que no quieren para su vida y marcar los límites de lo que les gusta y lo que no.

Tenemos que enseñarles a no desconectar jamás de su alegría, pues nos va marcando el camino de lo que queremos ser en nuestra vida y de lo que nos apasiona, nos ilusiona, nos mueve por dentro, porque así estaremos conectando a nuestros alumnos para que elijan lo que les hará felices.

Hay que aceptar y no rechazar sus tristezas, diciéndole ‘no estés triste que te pones muy feo’ o ‘los niños no lloran’, pues así no enseñamos a nuestros alumnos a aceptar el desapego, porque hay cosas o personas o situaciones que ya no formarán parte de nuestra vida y negarlo no les ayudará a tolerar las frustraciones que en muchas ocasiones nos presentará la vida.

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Todo esto ayuda a que el alumno se reconozca y pueda reconocer también cómo se siente el otro: ese niño que se queda solo en el patio, ese amigo que de repente ya no quiere ser mi amigo, ese profesor que hoy parece que tiene un mal día, para luego en su mundo laboral reconocer como se siente su compañero que ni siquiera da los buenos días, y su jefe que hoy solo lo que ha mostrado es su enfado o su cliente que parece que no decide que quiere… para evitar que el estado emocional del otro no interfiera en como él se siente y poder reconocer la empatía.

La verdadera empatía es la que dice ‘puedo reconocer lo que tu estas sintiendo y estar contigo, acompañarte sin olvidarme de mi’. Esto le hará ser adultos maduros, con gran fuerza interior y podrán estar presentes ante situaciones conflictivas sin perder la calma, ni lo más importante: perderse a ellos mismos.

Pero claro, mientras tengamos un sistema educativo que valora más  pensar que sentir, estaremos creando a futuras personas desconectadas de sí mismas y centrados en la competencia y no el desarrollo de profesionales que busquen cooperar para seguir ofreciendo un bien al mundo.

No sólo tenemos en nuestras manos como profesores la mente de nuestros alumnos en nuestras manos: también tenemos sus corazones y si queremos tener futuros adultos íntegros que vivan en coherencia con lo que piensan y sienten, tenemos que dar también un espacio en nuestras escuelas a la inteligencia emocional, a la educación emocional, a través del cuidado de las emociones, porque éste es lenguaje del corazón.

Por ello, enseña a tus alumnos a:           

  • Conectar con sus emociones y que aprendan a darse cuenta de cómo se sienten y puedan expresarlo sin dañar ni dañarse.
  • Ayuda a tus alumnos a reconocer lo que les duele en sus corazones y respeta su estado, para conseguir adultos maduros emocionalmente que saben cuidar de sí mismos.
  • Enseña al niño a ser el mismo con todos sus miedos, su alegrías y sus enfados, dándoles el respeto que merecen.
  • Acéptalos tal y como son, les ayudará a tener más seguridad en sí mismos y aprender a vivir aceptando al otro.

Y por último, como profesores, también debéis aprender a conectar con vosotros mismos, con lo que dicen vuestras emociones y permitíos acompañarlas. Porque el camino hacia el corazón comienza en uno mismo. La educación emocional, desde el corazón, es saber cuidar también de nuestras emociones.

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Oliva Franzón Cossio (www.cuidadoemocional.es) es Diplomada en Enfermería por la Universidad de Cádiz, educadora de personas con discapacidad, y terapeuta en Auriculoterapia y Flores  de Bach. Es especialista en Terapia Gestalt y creadora del método Autoapoyo Holístico,

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